Gran Pirámide de Cholula: Los ojos del sincretismo cultural
- José Daniel Arias Torres

- hace 22 horas
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Era un domingo de las vacaciones de verano del 2018, mi papá y yo estábamos en la camioneta rumbo al mercado de Cholula, Buena Vista Social Club era la agrupación de moda entre ambos, recién descubierta por mí, Chan Chan se repetía casi en bucle, así éramos él y yo, cuando algo nos gustaba lo repetíamos hasta el hartazgo. No recuerdo muchas de nuestras conversaciones, siempre sentí que él y yo nos sentíamos cómodos en el silencio. Al ver a los autos, el transporte público, a las personas con su mandado, las casas y construcciones coloridas y coloniales que adornan las calles de Cholula, se imprimió en mí una memoria preciosa y cotidiana que espero llevarme a la tumba.

Ese proceso vivencial tan sencillo, pero tan significativo, es el mismo proceso por el que muchas personas pasan a lo largo de su vida, creo genuinamente que es a través de esos recuerdos significativos, mucho más que por las clases de identidad de secundaria, que uno termina vinculado anímicamente a su territorio; la reconfiguración del mismo, siempre implica la reconfiguración de la memoria y la inevitabilidad del olvido.
La vinculación con el territorio es algo que damos por hecho y de lo que muchas veces nos hacemos conscientes solo hasta el momento en el que algo en él cambió para siempre de forma irreversible.
He vivido en Cholula desde 2008 y la cantidad de cambios que han habido sobre el territorio, es tan extraordinaria como la cantidad de cosas que ya he olvidado sobre el espacio; si me preguntarás qué recuerdo sobre cómo era Cholula hace diez años, mi respuesta sería un rotundo “no recuerdo”, pues las cambios han sido paulatinos y de alguna forma, imperceptibles, a pesar de la violencia con la que muchos de ellos se lograron, como la expropiación de tierras a ejidatarios aledaños a la pirámide de Cholula, la cual se llevó a cabo tras una serie de enfrentamientos entre la fuerza pública y los manifestantes, el resultado de esa expropiación fue un saldo de varios presos políticos y personas que se quedaron sin sus tierras.

El objetivo detrás de ese despojo, fue llevar a cabo la construcción del actual parque de las siete culturas en un contexto de turistificación de Cholula, un parque que hoy es transitado y disfrutado por locales y turistas, pero detrás de su construcción, alberga una historia de violencia, una historia de la que aparentemente, hoy ya nadie habla.
La capacidad para vincularnos a un territorio trastocado hasta por la violencia, es algo terrible y hermoso al mismo tiempo, pues nos revela un hecho profundo, lamentable e incómodo de la sociedad: la violencia es parte del proceso cultural y el territorio atravesado por ella puede preservarse como territorio emotivo y afectivo a pesar de todo. Hace poco fue esa expropiación lograda a través de la violencia del Estado, hace cientos de años, durante la conquista, fue la masacre de los cholultecas, en una y otra el resultado ha sido el mismo: la generación de identidad y la eventual vinculación afectiva con el territorio.
Hablo de todo esto porque para mi Cholula significa dos cosas: Mi casa y un laberinto de sincretismo.
Es mi casa no por la cantidad de años que llevo viviendo aquí, sino por la cantidad de experiencias emotivas que me han dejado irremediablemente vinculado a esta tierra, porque a pesar de los procesos culturales violentos que le dieron forma, para mí es un espacio que alberga también recuerdos personales valiosos. No hay una frontera clara entre violencia y emotividad, el mismo día que te golpean puedes terminar agradeciendo por otra vivencia; la vida no es un proceso lineal ni secuencial, el mismo día que ves un exceso por parte del Estado que te pide un “moche” para dejarte ir, puedes terminar riendo con amigos… Esto es una realidad incómoda, pero es parte del hecho de vivir. Muchas veces subí la pirámide, con ningún otro propósito más que mirar el atardecer, porque de alguna forma, he aprendido a concebir a esa pirámide como parte de mi hogar y terminé teniendo que correr junto a un amigo porque nos querían asaltar, todo eso pasa en ese laberinto que es Cholula.

Por otro lado, Cholula es un laberinto de sincretismo porque si te sumerges en sus calles estas te llevan a un collage cultural en el que virreinato, prehispanidad, modernidad, porfiriato, urbanidad y ruralismo cohabitan el mismo cuadro social sin límites claros entre unos y otros: La pirámide prehispánica de Cholula está coronada por un templo católico de la conquista como símbolo de sometimiento religioso, a sus faldas se encuentra edificado un ex sanatorio psiquiátrico del porfiriato convertido hoy en museo cuya temática no es psiquiátrica; a otro de sus lados hay campos de cultivo que parecen haber sobrevivido a los embates de la expropiación y que se siguen trabajando, y a unas decenas de metros se edificó una plaza comercial agringada llamada “Plaza Gran Pirámide”; está ahí, en una de las zonas de mayor flujo, como si de verdad otra plaza fuera necesaria en Cholula y aún así, he ido en varias ocasiones y, a pesar de ser un crítico de esos espacios, he terminado por generar buenas experiencias y memorias también en ese sitio. Doy por hecho esas cosas porque he vivido aquí prácticamente la mitad de mi vida, pero si reflexiono un poco en ello el surrealismo, por no decir que delirio sobre el que Cholula está erigida, es abrumador.
A la historia siempre nos la han enseñado de forma lineal, es decir, un proceso que le sigue a otro, que le sigue a otro, que le sigue a otro y así hasta el infinito; pero las ciudades vivas como Cholula nos enseñan algo distinto, nos enseñan que los procesos históricos y socioculturales no son lineales y que parecen ser más un laberinto, en este sitio conviven procesos inacabados al lado de procesos que apenas comienzan y esto se puede apreciar visualmente en la propia composición arquitectónica y social de ese sitio que no deja de ser un pueblo y que comienza a ser ciudad, que no deja de ser prehispánico y que comienza a ser mestizo, que no deja de ser clásico y comienza a ser contemporáneo.
Por otro lado, Cholula, como cualquier territorio, cuenta una historia general a la que se puede acceder a medias en los libros de historia, pero también cuenta una historia distinta para cada una de las personas que aquí viven; caminar y ver las calles que componen su mapa, siempre termina por transportarme hasta alguna memoria, por más pequeña o nimia que parezca, muchas de esas calles y recuerdos fueron creados a través de la violencia, muchos de ellos fueron creados a través de buenas experiencias, ¿Dónde termina una y comienza la otra? Son cosas inciertas, el collage visual resplandece por su polifonía desordenada.










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