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Velocidad y prisa: La mirada desde la Atlixcáyotl.


La rosa de los vientos es una figura estrellada que indica los puntos cardinales. Es también la imagen que se forma en mí al plantarme en el límite de una ciclovía sobre la Carretera Federal a Atlixco, a poca distancia de un distribuidor vial en forma de cruz. Me imagino en el centro de esa rosa de concreto: si sigo recto llego a Atlixco; si vuelvo sobre mis pasos, a Puebla; si tomo el camino de la derecha, a Cholula; y a la izquierda, lo ignoro.  


Mi mirada recae hacia Puebla, en el camino que tomé para llegar aquí: una ciclovía que a ratos corre a nivel del suelo en ocasiones, por debajo de alguno de los siete puentes vehiculares que la atraviesan y a ratos se eleva. Son cuatro kilómetros continuos que culminan en el Centro Comercial Angelópolis. No hay salidas laterales: la única forma de abandonarla es a través de alguno de los diez puentes peatonales que la conectan con fraccionamientos privados, hoteles, supermercados y restaurantes. 


Hago un ejercicio mental exprés: imagino que frente a mí hay un descampado cuyo punto de fuga coincide con la ciclovía. La fantasía dura apenas un instante: la línea se disuelve entre luminarias, árboles, una torre altísima y los puentes. Pedaleo hacia el otro extremo, al puente donde convergen el Centro Comercial Angelópolis con el Centro Integral de Servicios (CIS). Decido entonces hurgar en la mirada de quienes cruzan de un lugar a otro. Primero pido permiso. Nadie se detiene. Otros ni siquiera voltean a verme. Me frustro. A la indiferencia se suman después otras respuestas:  

“No, tengo prisa”. “Ahorita no, voy a trabajar”. “No, gracias”.

Hasta que alguien accede. Camino junto a él y pregunto: 

“¿Qué ve desde aquí?”

Responde que no ve nada porque tiene prisa. Luego se ríe, pide una disculpa, y complementa: “Edificios”.



La anterior es la respuesta predominante entre las 66 personas que acceden a mi consulta. La mayoría no detiene el paso y yo camino a su lado, como si también tuviera que llegar a alguna parte. Otros los menos hacen una pausa breve y sopesan su respuesta. Sus miradas deambulan por los puntos cardinales: 

“Coches”. “La carretera”. “El centro comercial”.

Hago un recuento de lo que observo siguiendo el deambular de sus miradas: Liverpool, Hotel Gran Fiesta Americana, City Market, Hospital Puebla, HDI Seguros, Torre BBVA, Sam’s Club, una serie de edificios anónimos y otros en construcción; una capa de esmog. Ese es el horizonte que se divisa. 


Otra persona responde apresurada:  

“Edificios”. Y después una acotación: “Pero lo que me encanta ver son los volcanes”. 


Vuelvo sobre mis pasos, esta vez a medio camino entre el CIS y el distribuidor vial, en el puente peatonal entre la torre BBVA y el Complejo Cultural Universitario (CCU). Aquí la gente lleva más prisa: son menos quienes se detienen. Las respuestas, sin embargo, son las mismas.  


Alrededor de este puente hay un número significativo de vallas publicitarias. Los más cercanos promocionan a las universidades y preparatorias de la zona: CCU BUAP, Tec. de Monterrey, IBERO, UPAEP y Anáhuac. Hay propaganda del Gobierno del Estado de Puebla y publicidad de Muebles Placencia y Mitsubishi. Más allá, algunos anuncian casas modelo y proyectos inmobiliarios. Uno de ellos muestra el render de un edificio de 37 pisos con las leyendas: “departamentos en preventa” y “la mejor ubicación para vivir en Puebla”. Es el cruce donde hice mis primeras consultas. 



La imagen muestra el edificio, el centro comercial, la carretera, el puente peatonal, y coches a gran velocidad que parecen llevar la misma prisa que quienes consulté. El render concentra todo lo que he visto y registrado en mis notas, con una diferencia significativa: en la imagen nadie cruza el puente peatonal. Todo está ahí, salvo la gente. Ni siquiera en las banquetas que rodean el centro comercial, el único espacio reducido, nimio dedicado al ser humano a pie. Los coches, en cambio, pasan como una estela continua sobre la carretera. Todo parece estar en movimiento, a excepción del puente. Suspendido sobre el flujo vehicular, vacío. 


Me imagino al interior de ese anuncio el paraíso en la tierra, la utopía al fin conquistada, según la poética de José Emilio Pachecoviéndolo todo desde lo alto. Es una ciudad fantasma, especulada y devota al hidrocarburo. 


No hace falta imaginar nada.




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