La mirada de pagar con pan: Trueque en el tianguis de Texmelucan
- Ángel Bonilla

- hace 1 día
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Cada lunes, el mismo pueblo se esfuma. La localidad de San Lucas Atoyatenco o San Lucas “El Chico”, se vuelve indistinguible del mercado ambulante que abarca toda su área y donde convergen personas de todo el país. El Tianguis de San Martín Texmelucan es el más grande del Estado de Puebla, con 35 hectáreas. Se estableció en la plaza principal del municipio durante el siglo XX, hasta que el espacio no fue suficiente y en 1994 fue trasladado a esta junta auxiliar.

En su casa en San Lucas, la familia de Paula tiene un pequeño taller textil. Ahí cosen, planchan y hacen el terminado de alrededor 4 mil pantalones de vestir para dama al mes. Los colores más vendidos son negro y azul marino. Su jornada y la de su hijo Cristian empieza a las seis de la mañana y termina después de las 20 horas.
—Cuando empezamos, todo está oscuro, oscuro —cuenta Paula—, hay mucho tráfico, llegamos en la camioneta y descargamos la ropa. Bajamos los fierros y con ellos armamos nuestros locales.
De este modo, el tianguis existe antes de salir el sol. A las 7 a.m., llegan los autobuses, en donde viajan compradores mayoristas, que compran cientos de prendas para venderlas en sus ciudades y estados: Cancún, Mazatlán, Chiapas, Guerrero, Hidalgo y Veracruz.
—Cuando son vacaciones, también llegan gringos y compran su ropa. Otras veces vienen chinos y preguntan precios.

En la zona techada, el tianguis luce colosal. Los visitantes nuevos se pierden fácilmente, un pasillo les parece familiar y resulta ser desconocido. Andan entre puestos de calzones, de sacos formales para dama, tenis deportivos, vestidos de primera comunión o imitaciones de gorras JC Hats. Carlos, un comerciante mayorista, dice que una forma de ubicarse en el tianguis es preguntar en qué zona nos ubicamos.
—Se divide en muchas, cada una con su líder. Esta es la zona “Josefa Ortiz de Domínguez”, la de allá es “Antorcha Campesina”, hay otra que es “El Carril”, y otras.
Para Carlos, el tianguis es tráfico vehicular, atención, movimiento, estrés y responsabilidad. Dice que muchos comerciantes foráneos escogen ya no hacer el peligroso y cansado viaje hasta San Martín Texmelucan y recurren a paqueterías organizadas entre los locatarios y los autobuses. Le preocupa el hecho de que la ropa importada, producida en mayores cantidades y a menor precio, está desplazando a los fabricantes locales como él.
Cuando es martes, el descomunal tianguis se ha desvanecido. Quedan sus esqueletos de lámina, su basura en las calles. Pero eso no fue todo. San Lucas guarda un lugar al final de una pendiente, llamado “El Hoyo”, cuyo origen es anterior a la globalización moderna y al mismo Tianguis de San Martín Texmelucan del que ahora forma parte.
Marina es ama de casa, también es una mujer de la tercera edad, como gran parte de las comerciantes que mantienen viva la Zona de Cambio, un pasillo ubicado en El Hoyo. Viene desde que era niña y continúa haciéndolo. Es una manera de llevar dinero a casa y cosas que sirven del diario. La Zona de Cambio es un lugar de venta y trueque.
—Llegamos con cosas que traemos de casa: medias, trastes y juguetes, por ejemplo. Se vende o se cambia por lo que la gente trae también. La gente trae verdura, cazuelas, pan y más cosas.
Llegan familias panaderas con enormes canastas, les dan ropa y pagan con pan de fiesta, que lleva nuez y tiene una consistencia mantequillosa. En la mañana comimos tacos de guisado y Marina los cambió por varios pares de calcetines. Al lado de Marina, Francisca o “Panchita” para las amigas, cambió nopales por una servilleta de tela para calentar tortillas, bordada con hilo azul. Esta costaba veinte pesos más que los nopales, entonces la otra parte quedó a deber esos veinte; los traerá la siguiente semana, eso es seguro.
— Yo doy una prenda, la mitad me la cambian por dinero y la mitad me la cambian por cebollas, lechuga, flor o nopales. Me encanta y me ayuda en mi economía. Tú pones tu precio, la persona pone su precio y, si te conviene, pues sale, si no, no pasa nada —nos platica Panchita.
Los cerca de cuarenta locales de esta zona se rentan en cincuenta pesos al día. Además de los vegetales, las prendas y los peluches, mujeres de San Lucas Atoyatenco cambian botanas tradicionales, como huesos de capulín, pepitas, semillas de girasol y piñones blancos, estos últimos, famosos por el helado de dicho sabor.

—Venía con mi abuelita —narra Marina—, todo era de tierra, ponían mantitas para que la gente se tapara del sol. Regresé cuando estaba casada, el espacio seguía de tierra. Nos cobraban cinco pesos por el espacio. Poco a poco se fue arreglando, con suelo, techo, muros y rejitas. Llegamos a las 7 a. m. y nos vamos a las 5 p. m. Vuelvo a casa y, con lo que conseguí hoy, invento una receta para comer con mis nietos.
La Zona de Cambio contrasta con el resto del tianguis. Es un respiro de la prisa, del agotamiento por la responsabilidad y de la cuantiosa mercancía que va y viene en paquetes inmensos. Las comerciantes perseveran para que cada martes les sea provechoso; confían en sus clientas, cuyas pequeñas deudas anotan en libretas llenas de nombres de pila. En una época de imperativo consumo, prácticas más longevas se vuelven un camino a descubrir.




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