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Sonidos de segunda mano

hace 39 minutos
5 min de lectura

I

Es sábado y a un kilómetro de aquí se celebra una feria del libro en el zócalo de Puebla. La distancia es tal que solo cabe suponer que allá hay gente comprando libros. Cabe, también, imaginar el bullicio distante del tumulto. Acá no llega ni el murmullo, si acaso la sospecha. Lo que se oye es el claxon de los autos y las rutas del transporte público que atraviesan la 4 norte, calle sobre la cual una placa con la leyenda “LIBROS COMPRAMOS VENDEMOS” anuncia una librería de segunda mano a los márgenes del centro histórico.

        

Al interior me espera Elena, quien se define como “alguien que se ha dedicado a los libros por 25 años de manera independiente”. Su mamá se dedicaba a lo mismo; su hermano, a la fecha, también. Pero este lugar, que abre seis días a la semana, es suyo y lo atiende sola. Hoy la encuentro acompañada: una mujer de edad avanzada platica con ella.

        

Asegurar que Elena me espera es impreciso, pues apenas me reconoce, se acerca y confiesa haber olvidado que vendría.



II

En mi casa nunca escuché hablar de libros, las lecturas asignadas en la escuela me resultaban repelentes y, no obstante, desarrollé el gusto por la literatura. Leía poco y lento. De ahí que mis padres, estimo, no se hayan negado nunca a comprarme un libro o a esperar mientras exploraba los estantes de la librería del Sanborns en búsqueda de la portada más llamativa o el título más rimbombante. Mis padres nunca hablaron de libros. Yo tampoco. Mi experiencia lectora en la infancia fue un actuar solitario, mudo, casi aséptico.

        

Para mi décimo cumpleaños recibí un ejemplar de Harry Potter y el misterio del príncipe, el sexto de siete libros. La dedicatoria es la única prueba escrita que tengo del cariño de mi padre.

        

Entonces yo nunca había leído Harry Potter.      


III

La congregación en la feria del libro es tal que las voces se superponen hasta formar una masa amorfa. Aquí, en cambio, escucho con claridad cuando la mujer que acompaña a Elena dice ahorita vuelvo, no tardo, y sale a la autopista que es la 4 norte. Regresa un par de minutos después arrastrando un diablito y un pequeño costal con libros. Descarga junto a la entrada y vuelve a salir.

        

Elena me cuenta entonces que aunque lleva 25 años aquí, su historia con los libros se remite a la infancia. Su mamá fue dueña de una librería como esta y, siguiendo el ejemplo, Elena está acostumbrada a trabajar “a la antigüita”, es decir, al trabajo manual llevado a cabo por una sola persona: ella. Su público se nutre, en su mayoría, de estudiantes, profesores y gente mayor.

        

—Cada público es diferente —agrega—. Las personas mayores, por lo regular, vienen más a platicar. Hay gente, la que creció con libros, que viene directo sobre lo que busca. Hay otros, sobre todo jóvenes, que entran más por curiosidad.  

        

La librería de Elena es un espacio de descubrimiento, pues aquí hay ejemplares que en las librerías de cadena no, me explica. Para ella es significativo cuando alguien encuentra algo que no estaba buscando.

        

—Recuerdo el caso de un directorio telefónico que una vez tenía yo a la venta —continúa—, y entraron unos chicos que venían de una escuela, eran como cinco, y estaban asombradísimos porque decían que cómo era posible que todos los teléfonos de la gente estuvieran en un directorio. Entonces, te digo, hay gente que viene como quien va, no sé, a un museo a conocer cosas.


IV

David Markson donó su biblioteca completa a una librería en Nueva York como última voluntad en un acto —interpreta Jorge Carrión en Librerías (2013)— que apela a la “reinserción” de los libros en el mercado.

        

Hace tiempo, en una visita no planificada a un tianguis de la colonia Doctores en Ciudad de México, encontré a un señor que vendía libros a precios módicos. Adquirí así una edición de 1950 de La sonata mágica de Vasconcelos, un libro entre cuyas páginas deterioradas figuraba la firma: “Martha Bacho, 1951”. Recuerdo el impacto de dicho hallazgo. Lo difícil —lo imposible, lo remoto— en la idea de saber algo —lo que fuera— sobre la dueña original de aquel libro. ¿Seguiría viva en ese entonces, 65 años después? Si este mundo, este pedazo de tierra que es México, existiera aún dentro de medio siglo, ¿en dónde terminarían mis libros y habría quien los leyera, se preguntara por mí?




V

La mujer vuelve con un segundo costal de libros. Descarga y vuelve a salir. El estruendo de la ruta 68 en el exterior desgarra el aire, pero Elena no se inmuta, y yo, aprovechando el caos, le pido que me hable sobre los sonidos predominantes en la librería. 

        

—¿Desde un punto de vista... paranormal? —pregunta.

  

—No —respondo—, sonidos del cotidiano aquí adentro o en esta parte del centro. —Y reculando, agrego—: o paranormales también, si gusta. 

        

Pero mi arrepentimiento llega tarde y pierdo la oportunidad de saber sobre los fantasmas que aquí habitan.

        

—Pláticas y silencio —responde Elena—. A lo mejor de repente una música, a veces el viento... 


VI

Vendí el ejemplar de Harry Potter y el misterio del príncipe hace un año, no sin antes arrancar la página con la dedicatoria de mi padre, que atesoro. La persona a quien se lo vendí lo compró para su hija. Inevitable establecer el símil y preguntarme si ese hombre habrá actuado también desde el amor ingenuo. La única certeza es que aquella niña no sospechará que en 2007 existió un niño con mi nombre.



VII

Elena casi no asocia su librería con sonidos, sino con imágenes: gente que se agacha esperando encontrar su próxima lectura en los estantes de abajo, o que se expande hasta alcanzar algún libro en la cima de una de las tantas torres que abarrotan el lugar; gente que, por accidente, derrumba dichas torres; la pena en sus semblantes.


Y, sin embargo, yo no puedo dejar de percibir el ajetreo filtrándose desde el exterior y de escuchar la conversación que, tras terminar la entrevista, Elena reanuda con la señora del diablito cuando esta regresa con el tercer y último costal de libros. Grabo vídeo de este microuniverso cuyo silencio solo es interrumpido, me cuenta su dueña después, por los ocasionales gritos —grititos— de algunos clientes acosados por los espíritus que deambulan entre estas paredes. Acaso es que esta casona —de la que esta librería es apenas un cuartito— es demasiado antigua y en lo antiguo asoma lo incomprensible.


Finjo buscar entre las torres de papel, mi determinación es poca, casi nula, y aun así encuentro un ejemplar amarillento de The Dharma Bums de Jack Kerouac. No tiene firma ni dedicatoria, solo el precio, $50, escrito a lápiz en la primera página. Pero alguien leyó esto. Hay pequeños fragmentos subrayados. Casi puedo escuchar su voz distante.  

        

Cuando la mujer del diablito se despide, Elena me cuenta que los libros que la señora trajo a vender fueron de su hermano recién fallecido. Elena le vendió casi todos.



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