top of page

La mirada del despojo: El archipiélago de Concepción La Cruz

Actualizado: 3 may


El 27 de julio voy a cumplir 5 años de haber llegado a México, específicamente a San Andrés Cholula. Un viaje que tardaría sólo dos años se prolongó más de lo esperado y aún no se divisa una fecha de pronto retorno. Pensarme en México, siendo foránea ha propuesto retos a mi identidad. El más difícil, es esa necesidad de sentir que pertenezco a algún lugar. Para algunas personas, ya estoy muy ‘mexicanizada’ para vivir en Colombia y para el resto, mi inclinación por pronunciar  la ‘c’ como una ‘k’, delata mi origen colombiano.


Vivo en Concepción la Cruz hace más de tres años. Después de rentar en dos casas solo me queda un aviso de que mi contrato no se renovará...Entre la ruta del trabajo a casa y mis escasas visitas a la tienda, reconozco que no sé nada de la colonia y los vínculos que he creado se resumen en saludar a vecinos y vecinas en las mañanas, sin saber sus nombres, ni ellos el mío.  


Esta colonia, a simple vista, es una radiografía del crecimiento acelerado de la capital poblana y sus alrededores. Antiguas haciendas y tierras ejidales que de a poco se fueron convirtiendo en rascacielos, centros comerciales y autopistas. De un lado, los fraccionamientos con paredes eternas que terminan cuadras después, solitarias y oscuras (porque no se piensa en los peatones) y del otro lado ‘la colonia’, ese conglomerado de casas y equipamientos públicos que convergen en el mismo territorio.

 


Las casas son coloridas y diferentes: unas en obra negra, otras con los ladrillos a la vista y la casa de cuatro pisos con los acabados más modernos en loza negra y en forma de rectángulo. Huele a tortillas frescas y hay panaderías que existen desde hace décadas. Las tradiciones de hacer altares y ofrendas siguen en pie, mientras en la tienda de la calle Venustiano Carranza se venden flores de temporada: cempasúchil para finales de octubre y ‘nochebuenas’ para diciembre.


El campo que se convierte en ciudad

Antes de ser la colonia que hoy conocemos, Concepción la Cruz era la suma de tierras ejidales, es decir, tierras dedicadas al uso comunal y de cultivos. Las calles eran veredas y habían entre 15 o 17 casas, algunas de teja y otras de adobe. Todas ellas rodeadas de cultivos organizados en milpas, el sistema agrícola mesoamericano del policultivo. Entre maizales, podías encontrar también frijol, quelites y malva que Don Pablo, unos de los habitantes más antiguos de la colonia, recuerda que eran su alimento diario. Tomaban agua directamente de los ameyales (del náhuatl atl -agua- y méyatl -manantial-) del río Zapatero y la vida transcurría con mucha calma. 


“No teníamos ni juguetes, ni llegaban los reyes, pero amarraba dos laticas de sardinas y esos eran mis carritos. Jugaba en el barro, con los riachuelos y era feliz”. 

Según cuentan los habitantes de la colonia, un día el Gobierno les expropió los terrenos y a algunos se los compraron a un precio muy bajo con la promesa del “desarrollo y el crecimiento urbano de San Andrés Cholula” que beneficiaría a todos los habitantes. Oscar Soto, docente e investigador relata que en el caso de la conformación de Concepción la Cruz, estas tierras ejidales vivieron un primer proceso de compraventa informal en los años 70 por la crisis de agricultura en el país. Campesinos y personas dedicadas a oficios de albañilería y carpintería vendieron a bajo costo estas tierras para dar origen a las primeras colonias. 


Para 1992, después de la reforma agraria de principios de los 90 promulgada por el presidente Carlos Salinas de Gortari, surge una segunda fase de privatización de lo que quedaba de la propiedad social campesina. Ocupación que sucedió en manos del Estado y su alianza con inmobiliarias a nivel nacional. 

“Esta fase fue muy violenta porque la orientación no era la de favorecer a las familias más pobres, sino la de producir suelo urbano para los fraccionamientos privados”. 

La última etapa de expansión inmobiliaria en la zona, que dió como resultado la Reserva Territorial Atlixcáyotl–Quetzalcóalt durante el gobierno de Manuel Bartlett Díaz, generó la expropiación de 1081 hectáreas a cientos de campesinos cholultecas con la intención de construir proyectos de vivienda popular y media, escuelas, panteones, hospitales, entre otros equipamientos. Años después de la expropiación, la promesa del 8% de suelo destinado al comercio ascendió a 1050 hectáreas destinadas a la construcción de un centenar de empresas y fraccionamientos, según datos del Diario La Jornada.


De esta manera, el crecimiento de la ciudad fue orillando a la colonia. Dividiendo por clases a quiénes podían vivir en el fraccionamiento y a quiénes aún teniendo la propiedad de las viviendas no les alcanzaba para pagar los servicios o comprar comida porque vivir aquí ya era muy caro. 


¿Cómo se ve el despojo?

Mientras trato de realizar las entrevistas en la colonia siento que mi presencia en las calles genera desconfianza. Una sensación que para ellos y para mí no es fortuita. Concepción la Cruz se ha consolidado como un archipiélago urbano. Esto es evidente cuando se mira el mapa de la colonia y hay un un anillo de fraccionamientos que bordea las casas coloridas, separandola de la ciudad. 


Fotografía de Google Earth. 2026.

Yo vivo en los fraccionamientos y hago parte de lo que Soto plantea como seclusión: el encerramiento de las élites o de los sectores, generando una suerte de homogeneidad social que representa a los fraccionamientos cerrados, desvinculándose de otros espacios y negando la diversidad, que debería ser la condición en el vínculo social urbano.


Entendí que, sin pensarlo, al hacer este proyecto estoy representando el encuentro de dos mundos. Aún cuando no soy propietaria de las tierras, en esta historia le pongo el rostro a quien despoja. Quizás no me ven a mí, sino a esas personas que les compraron las tierras a cinco o diez pesos el metro cuadrado, en el mejor de los casos. 


Esta desconfianza generalizada, ha sido mi experiencia en la colonia. Según Oscar, generar vínculos requiere tiempo para conocer al vecino y la vecina y en los fraccionamientos las personas rotamos cada año, es decir, no tenemos tiempo para gestar una relación. En cambio, en el corazón de la Colonia, se sostienen vínculos de años, de padrinazgos, fiestas religiosas y celebraciones. A Don Pablo lo saludaban mientras lo entrevistaba y él con risa me decía: “es que me conocen desde los 7 añitos”. Mientras yo anhelaba ser parte de ese entramado comunitario. 


Resistir al despojo

Fui a hacer la última grabación para esta historia en La Parroquia La Purísima Concepción la Cruz., una iglesia construída con ayuda de la comunidad. Creía que el frente de la iglesia era por la calle Emiliano Zapata, en dónde se ve una capilla y el santísimo expuesto. Pero me di cuenta que esto que veía era la parte de atrás de la iglesia y que la entrada principal era por la calle Carmen Serdán. Caminé hasta allá y cuando vi el frente quedé perpleja.



Lo que vieron mis ojos fue justamente esa vida comunitaria a la que tanto anhelaba pertenecer, frente al atrio una explanada gigante en donde niños y niñas corrían, celebrando su día. Familias enteras repartían alimentos y bebidas. En la misma cuerda con la que hacían sonar las campanas colgaba una piñata colorida de la que caían deliciosos dulces, mientras todos los presentes gritaban de emoción. Al fondo se divisaba el Popocatepetl y detrás de él el sol se ocultaba haciendo un perfecto atardecer naranja. Me sentí afortunada por estar ahí y por primera vez sentirme parte de algo más grande que yo. 



Relato expandido: La mirada de Don Pablo


Comentarios


bottom of page